Cómo enseñar a los niños a conocer y expresar sus emociones

Inteligencia emocional
Todos queremos que nuestros hijos sean felices, y conocer las emociones, expresarlas y aprender a gestionarlas es fundamental para conseguirlo. Por eso, con estas ideas y consejos, verás que enseñar a los niños a identificar y expresar sus emociones puede ser muy divertido para todos, porque se puede hacer jugando, divirtiéndose y porque seguro que nosotros, los adultos, aprendemos muchísimo también.  

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Ahora sabemos que desarrollar la inteligencia emocional es tan necesario como aprender matemáticas o lengua. Sentirse bien con uno mismo, formarse un auto-concepto positivo o ser empático y asertivo, nos hace más felices. Porque lo importante de verdad es que sepan vivir plenamente, con una actitud positiva, gestionando bien cualquier situación. La inteligencia emocional no está en los libros, está en todas partes, en las relaciones, los afectos, experiencias y, cuando son pequeños, también en el juego.

Para un niño no es fácil poner nombre a sus sentimientos, porque primero sentimos y luego pensamos. Las emociones son conceptos abstractos difíciles de entender, incluso para los adultos. De ahí que sea tan necesario ayudarles a reconocerlas, saber de dónde vienen, ponerles un nombre y exteriorizarlas. Y esto, también lo podemos hacer jugando, pero sobre todo, desdramatizando y de forma natural.

¿Qué son las emociones?

Las emociones son estados de ánimo, reacciones subjetivas que experimentamos respecto a situaciones externas. Aunque los estudios han catalogado muchísimas más, las 6 emociones básicas son: Alegría, Tristeza, Miedo, Sorpresa, Aversión y EnfadoCómo conocer las emociones

Todas las emociones son importantes, no hay emociones buenas o malas, todas nos acompañan cada día, influyendo en nuestras decisiones para adaptarnos al entorno.

Por ejemplo, gracias al miedo, los hombres hemos sobrevivido en la naturaleza. El enfado nos ayuda a poner límites, pero hay que enfadarse bien. La tristeza es inevitable y nos empuja a pedir ayuda a los demás. La sorpresa estimula nuestra curiosidad para explorar y aprender. La aversión, la repulsa o el asco nos protegen de algo que puede ser peligroso, y nos ayudan a demostrar rechazo ante lo que no nos gusta. La alegría es la emoción más abundante, expansiva y motivadora, es la energía necesaria para repetir lo que nos hace felices.

¿Qué podemos hacer para ayudar a los niños a conocer y expresar sus emociones?

  • Los adultos somos el modelo. Primero debemos preguntarnos cómo practicamos nuestra propia inteligencia emocional. Por ejemplo, ¿cómo reaccionamos ante los sentimientos de nuestros hijos?, cuando se enfadan o desatan su entusiasmo sin control, ¿qué hacemos? Pensémoslo antes de actuar, porque ellos repetirán lo que vean en nosotros.
  • Lo importante para ser su modelo en el aprendizaje de las emociones es que expresemos nuestros sentimientos con palabras, sinceramente, para que vean que es algo normal y cotidiano. Por ejemplo, hemos tenido un mal día en el trabajo y llegamos a casa decaídos, no tenemos ganas de jugar ni de hablar durante la cena. Pero, se nos ocurre aprovecharlo para comentarlo y hacer el juego del cactus y la rosa. En este juego, cada uno dice qué ha sido lo peor (el cactus) y lo mejor de su día (la rosa) y cómo se ha sentido en cada momento. Igual, para nuestro hijo el cactus ha sido que no le han pasado el balón en el recreo y eso le ha enfadado o le ha hecho sentir menos que los demás. Y la rosa, que un amigo le ha cambiado su cromo favorito y se ha puesto súper-contento.
  • Ojo, no hay emociones negativas, todas son válidas, necesarias y necesitan ser atendidas. No hay que estigmatizar el miedo o el enfado como algo improductivo. Por eso nunca debemos decirle a nuestros hijos frases como “no te enfades que no es para tanto”, porque en la vida también encontrarán emociones que les harán sentir mal y necesitarán estar preparados para gestionarlas. Por ejemplo, Marta ha estado un buen rato haciendo una torre de piezas y llega su hermanito pequeño y la derriba. Es lógico que se enfade mucho y se ponga a llorar. Pero si le decimos: “mi vida, es normal que estés enfadada (empatizamos), con lo que te ha costado hacerla, pero, ¿has visto lo alto que habías llegado? (reforzamos lo positivo), seguro que si lo intentas otra vez, la harás más alta aún, porque ¡eres una constructora profesional! (le animamos a superarse)”, seguro que se siente mucho mejor y entiende que puede enfadarse pero que no hay nada dramático que no se pueda arreglar.

Inteligencia emocional

  • Evitemos reprimir las emociones. No repitamos el clásico mantra: “no llores”, “no te enfades”, “no tengas miedo”, aunque pensemos que así no serán “llorones”, “enfadicas” o “miedosos”. Porque si lo hacemos, les estamos transmitiendo que llorar o enfadarse es algo malo, cuando no es así. Debemos ser comprensivos y ponernos en su lugar para entender por qué los niños sienten lo que sienten en cada momento.
  • Intentemos ser pacientes y empáticos. Cultivar el conocimiento de las emociones requiere práctica. Con calma, creando un espacio de seguridad y confianza, sin presionar ni interrogar, sabrán que siempre estamos dispuestos a escucharles. Como hemos comentado antes, hay que aprovechar cada oportunidad que pueda presentarse a diario para hablar de cómo nos sentimos todos en casa.
  • Ponle nombre a las emociones. Cuánto más les facilitemos la palabra apropiada, el nombre de la emoción para lo que están sintiendo, alegría, miedo, sorpresa, etc., más les ayudaremos a asociar su estado de ánimo con el nombre de esa emoción y así podrán reproducirla después. Por ejemplo, “Qué contento te has puesto cuando has visto al abuelo, eso es porque le quieres mucho y te alegra verle”, “Entiendo que te dé rabia que no te salga el dibujo, pero es normal que no salga a la primera. Pero estoy segura de que si sigues intentándolo lo conseguirás”, “¿ves cómo ha salido precioso?, ahora te sientes muy satisfecho y feliz porque has conseguido algo que te ha costado mucho esfuerzo y mamá también se siente muy feliz por ti”.
  • Es divertido asociar las palabras con gestos y expresiones corporales. Todas las emociones tienen un lenguaje no verbal propio y universal. Los gestos, la postura corporal, la mirada, el tono de voz, son diferentes según cada emoción. Si les enseñamos a reconocerlas en ellos mismos y en los demás, aprenderán a ser más empáticos. Por ejemplo, “¿Has visto qué cara de sorpresa ha puesto la abuela, y cómo ha abierto los ojos y la boca cuando le has enseñado tu dibujo?”. También podéis jugar a poner caras según las emociones y a haceros fotos. Además de identificar un gesto con una emoción, os lo pasaréis genial.
  • Observa cómo juega. Su lenguaje corporal y lo que dice mientras juega o cómo interactúa con sus muñecos y juguetes, nos habla de cómo se siente. Esos momentos mágicos son una buena ocasión para descubrir su mundo sentimental y, aunque ellos no sepan definirlas, nosotros podemos darle las palabras para sus emociones y las de sus muñecos. Por ejemplo, “¿Cómo está tu muñeco? ¿Quieres que cantemos una canción para alegrarle?”.
  • El juego siempre es el mejor aliado. Hay muchos juegos divertidos e interesantes para trabajar el conocimiento de las emociones. Os proponemos unos muy sencillos:

Colorear emojis, asociando un color a cada emoción. Amarillo: alegría. Rojo: enfado, rabia. Verde: asco, rechazo. Azul: tristeza. Gris: miedo.

Aprender las emociones: alegría

– Recortar círculos de emociones de diferentes tamaños, según cómo de grande sea la emoción y dibujar la carita después.

Aprenderlas con ellos en inglés, y hacer frases, como un juego escolar.

– Imitarlas con gestos y adivinarlas.

– Con música, escuchando diferentes piezas musicales asociadas a distintos estados de ánimo y bailarlas

– Animarles a dibujar y pintar cómo se sienten, libremente, la creatividad es una herramienta maravillosa para expresar las emociones.

Contarles cuentos, leer con ellos historias pensadas expresamente para transmitir valores y enseñar a conocer los sentimientos y las emociones.

– Aprovechar que ahora hay juegos creados por expertos que están pensados para aprender las emociones jugando. Hay algunos muy interesantes como Moogy – un puzzle para crear diferentes emociones-, Emotiblocks – un juego de construcción de bloques basados en las emociones y en las caras que ponemos cuando las sentimos, Emoticapsules – para clasificar y guardar aquellas cosas que nos producen distintas emociones o EmotiFriend – un peluche al que le podemos cambiar la cara en función de cómo nos sentimos.

Como aprendemos poco a poco, tendremos en cuenta su edad. Entre los 2 y los 3 años, lo importante es que los niños se sientan seguros y cómodos para expresar sus sentimientos. Ahí están siempre tus brazos para consolarles, hablarles y besarles, aunque estén enfadados. A los 4 años podemos reflexionar con ellos, analizar sus sentimientos, ofrecer empatía y establecer límites. A partir de los 5-6 años, saben que pueden contarte lo que les pasa, y que juntos siempre encontráis la mejor solución a cualquier problema, para que más adelante puedan solucionarlos solos.

Trabajar las emociones juntos, ahora que son pequeños, es darles herramientas para la vida, construir su actitud y sus valores. Es enseñarles a relativizar, aumentar la resilencia y la autoestima, gestionar en positivo y superarse ante las dificultades. Además, aprender a expresar y compartir los sentimientos, fortalece los lazos afectivos y la comunicación. Al crecer, facilita el diálogo y las relaciones en la adolescencia y, como no, durante la vida adulta.

Si tú tienes alguna idea más que pones en práctica con tus peques para aprender a identificar las emociones, cuéntanosla.

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