¿Podemos aprender a ser felices?

Podemos aprender a ser felices
Sonia Pérez, del Comité de Expertos de Imaginarium, nos explica cómo podemos aprender a ser felices desde la infancia.

Nuestros niños son felices. Así se desprende del II Estudio de Infancia y Felicidad realizado por Imaginarium el pasado mes de octubre. Ante la pregunta de si creemos que nuestros hijos son felices, creo que casi todos hubiéramos contestado que sí. ¿Cómo un niño con las comodidades de las que dispone hoy en día podría no ser feliz? De hecho, 9 de cada 10 niños es feliz, pero su nivel de felicidad va decayendo según se van haciendo mayores. Y esto es porque sus relaciones y su vida en general se vuelven más complicadas. Entonces, ¿podemos hacer que eso no ocurra?, ¿Pueden nuestros niños aprender a ser felices?

Sí, sin duda. Pero antes, empecemos por definir la palabra felicidad. Desde mi punto de vista, la felicidad podría definirse como una actitud ante la vida. Y esa actitud se forja cada día durante la infancia.

Bien, está claro que un niño pequeño no sabe qué es el concepto de felicidad. Seguramente, si le preguntáis a cualquier niño menor de 7 años qué es lo que le hace más feliz, os contestará que comer chuches o ir al parque de atracciones. Quizá alguno os conteste que estar con sus papás o sus amigos. Pero cuando un niño es tan pequeño, la felicidad está en el presente y en hacer lo que quiere y le apetece en ese momento.

Entonces, ¿cómo se puede aprender a ser feliz? Para entenderlo mejor, pongamos un ejemplo. Supongamos que María, de 5 años, está montando una construcción. Lleva más de media hora concentrada en ella. Su hermano, dos años menor, llega a su habitación como un vendaval y la derriba. María se enfada, siente ira, frustración y como aún es muy pequeña, comienza a llorar. Todos podemos entender por qué María se comporta así. Todos hemos experimentado lo que se siente cuando se nos ha ido al garete algo a lo que hemos dedicado mucho tiempo y esfuerzo. Como padre o madre de María, podríamos ayudarla a identificar cada uno de los sentimientos que ha experimentado y a hacerle ver que lo que parece algo dramático para ella, no lo es tanto porque ha aprendido mucho por el camino: “¿Estás triste? (ponemos nombre a su sentimiento para que aprenda a identificarlo) “Es normal cariño. Sé que te había costado mucho hacerlo.” (Mostramos empatía) “Pero ¿te has dado cuenta de lo alto que habías llegado?” (refuerzo de lo conseguido) “Seguro que si lo vuelves a intentar, lo harás aún más rápido que la última vez, porque ya eres una experta.” (No solo importa la meta, sino también el proceso, como nos indicaría Ana Saro).

En realidad la felicidad no es un estado constante. Ni en los niños ni en los adultos.

Se puede ser feliz sintiendo tristeza cuando nos pasa algo que nos causa pena. Lo que marca la diferencia es la actitud con la que enfrentamos las situaciones que se nos plantearán durante nuestra vida. Cuantas más veces tenga que enfrentarse María en su infancia a la frustración y a esos sentimientos negativos mediante el juego (y también a los positivos), mejor sabrá manejarlos en su vida adulta. Sabrá poner nombre a sus sentimientos y emociones, los identificará y sabrá gestionarlos.

El ejemplo de María y su construcción podríamos llevarlo a cada una de las habilidades, conocimientos y talentos que necesitaremos manejar de mayores. Y la única manera de aprender que tiene un niño es mediante el juego. Jugando aprendemos a relacionarnos con los demás, a perder pero también a ganar, a gestionar nuestras emociones, a saber lo importante que es el esfuerzo y la satisfacción que se siente cuando conseguimos algo que nos ha supuesto mucho trabajo… y así, con todas esas habilidades que tendremos que poner en práctica cuando dejemos de ser niños y tengamos que enfrentarnos al mundo real. Ese mundo donde las cosas no son perfectas y en el que será necesario relacionarnos con otras personas, enfrentarnos a la aceptación pero también al rechazo, al éxito y a la frustración, a los acontecimientos felices y a los que no lo son tanto

Por lo tanto, la actitud que aprendamos de niños será la que determine nuestro nivel de felicidad de adultos.

Así pues, dejemos que nuestros niños sientan, que se expresen, que se relacionen con sus amigos, que nos cuenten lo que les pasa, que imaginen, que se frustren, que se muevan, que disfruten… en definitiva, que jueguen para que puedan aprender a ser felices.

Sonia Pérez

Resp. Comunicación y contenidos pedagógicos de Imaginarium

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